Vestido tan solo con un pantalón negro y descalzo, el cuerpo esbelto y de increíble musculatura de Urian estaba cubierto de sudor por las ininterrumpidas horas de entrenamiento que llevaba desde el alba y tras la discusión con Jara, en unas de las cámaras subterráneas que constituían uno de los muchos dominios que poseía su “flamante” líder, Altax.
No había rastro de cansancio alguno en él, y el saco de boxeo que maltrata en esos instantes era el último que aún sobrevivía y su contenido no enlodaba el suelo de la catacumba iluminada únicamente por cirios.
- Sí piensa que su mundo va cuesta abajo y sin frenos, yo me encargaré de sacarla de esa equivocación y de enseñarle lo injusta y egoísta que puede llegar a convertirse la vida de mí mano cuando me enfurecen –gruñó Urian, asestando con saña y con manos desnudas un golpe más al saco.
A su lado y estudiando su temperamento se encontraba Jerome. El inmortal convertido en su sombra y en la cansina voz de su consciencia desde que ingresara en las filas de Altax.
- Cometiste errores, no vuelvas a caer en otros aún mucho más graves…
Urian propinó un violento puñetazo a modo de advertencia a la bolsa dejándola agonizando y a punto de acabar como el resto por el piso, mientras rugió:
- Volvería a cometerlos. Todos y cada uno de ellos.
- No la castigues por tus equivocaciones.
Con un encolerizado último golpe, el saco cedió y vertió sobre la superficie y como un reloj de arena, todo su contenido.